26 dic. 2015

Los tomates también hacen llorar

A él si le importaba saber lo que ella pensaba de aquello que él le había escrito aquel sábado en la mañana, justo una semana antes de ella partir. Pero para evitar mas palabras, prefirió decirle a ella que no comentara nada al respecto. Ella lo respetó.

- Acabo de escribirte algo. Una vez lo leas, no me hagas referencias sobre lo leído. ¿Si? 
- Entendido. - Respondió ella.

Ella procedió a lavarse las manos y secarselas con cautela. Leer las cosas que él escribía era un ritual, de tiempo, concentración y sentimientos. 

Respiró profundo y empezó a leer... Mientras iban avazando las lineas, sentía que los pequeños trozos dentro de ella se iban quebrando en pedazos aun mas pequeños. Por su mente pasaron los escenarios de los momentos que con intensidad habían vivido en las últimas semanas se arrepintió de las palabras que había dicho, del tiempo que parecía detenerse junto a él, y por ese instante aborreció toda la admiración que pudo sentir por él como escritor. 

Él estaba terminando con ella, sin siquiera haber empezado. Ella se lo temía, temía enamorarse y que pasase eso. La noche antes ella le había dicho:

- He soñado contigo - a lo que él solo le dio las gracias. 
- No creo que sea para dar gracias, es algo del subconsciente, ¿No quieres saber lo que he soñado? - 
El le dio una negación a aquella pregunta.

Ella se mordió los labios, y sus sueños de vida junto a él se los guardo para si misma. Repasó mentalmente aquel largo abrazo en el parque, aquellas palabras de magia, el momento que le mostró el lunar de su seno, y la noche que cerca de su pecho se sintió viva de nuevo. Se consoló con la idea de que los sueños se quedan en silencio para poder cumplirse. 

Sin embargo, ese sábado en la mañana. Él le decía que "lo había vivido antes" y  que sabia como terminaría todo entre ellos. 

Ella termino de leer, con el pecho apretado para no dejar caer las piezas, caminó a la cocina, y como él lo había pedido, trató de actuar como si nada hubiese pasado. Tomó la tabla de picar y sobre ella empezó a cortar con cuidado los tomates. Cuando sintió que sobre su pecho no cabía mas presión, todo se transformó en lagrimas que fueron saliendo sin disimulo.

Alguien mas entró a la cocina y le escuchó decir:
- ¿Te pasa algo? ¿Por que lloras? -

A lo que ella, luego de unos segundos de silencio y sin levantar la vista contestó:

- Perdona, es que a mi cortar tomates me hace llorar.